Bernabeleva Arroyo del Tórtolas 2013.
Puntuación El Alma del Vino : 18/20.
Muchas circunstancias confluyen a la hora de calificar qué significa realmente la presencia de Bernabeleva en el paisaje vitivinicultor de nuestra España. Primero por el hecho de que este maravilloso entorno agrícola tiene demasiados años de andadura como para ser tratado de un modo simple y sin respeto, no en vano tal y como nos informan sus actuales mentores y propietarios, la finca ya existía a comienzos del siglo veinte, cuando en el año 1923 el doctor Álvarez Villamil,ascendiente de la familia que hoy defiende en la propiedad, adquirió el enclave localizado al pie del Cerro de Guisandocon la cercanía del Arroyo del Tórtolas.
En segundo lugar, Bernabeleva no es un nombre cualquiera. Su significado es algo así como donde vive el oso, puede que tal vez debido a la cercanía en El Tiemblo, provincia de Ávila, del famoso conjunto escultórico de origen vetón, celtas prerromanos que habitaron una parte occidental de la península ibérica, denominado Los Toros de Guisando, de los que hay opiniones variadas, algunas de las cuales con más cercanía a una identificación de esos animales como osos y no tauros.
En tercer lugar, el viñedo. Treinta y cinco hectáreas de viñas viejas, con garnachas de leyenda, albillo, moscatel y tinta morenillo. Plantas que se asientan en suelos pardos, con granito meteorizado, pocos nutrientes y variadas profundidades a una altitud que oscila entre los seiscientos y los ochocientos metros sobre el nivel del mar. El mimo en el cuidado de este patrimonio familiar se apuntala con aportes de estiércol vacuno y mínimas cantidades de cobre y azufre, cultivando en modo de agricultura orgánica. Tras la cosecha manual en una parcela a ochocientos metros de altitud plantada con viñas que acreditan una edad media de sesenta y cinco años y que defiende una extensión de poco más de una hectárea, las uvas se reciben en bodega donde se inicia la vinificación con porcentajes de raspón, en tinos de madera. En este instante del proceso se realizan pisados diarios, traspasando el mosto obtenido a barricas de madera de roble francés, en donde se lleva a buen término una fermentación maloláctica, madurando con posterioridad en roble francés de capacidades variadas durante un periodo de más de once meses.
Tras el descorche y servicio en copa, despliega tonalidades grana y rubí, con sensación de limpieza y cierta ligereza, asomando en la cercanía aromática recuerdos de frutos rojos en sazón, flores y nostalgias silvestres de excursión primaveral por el campo, hierbas aromáticas y monte bajo, ahumados y especiados ligeros, con un punto mineral de fondo que habla de terrosidad, en un perfume en donde la fruta impera dándose un abrazo de amistad sincera con ese descriptor muy vinculado a evocaciones de flora. En boca se define como vino directo, sutil y ligero, frente balsámico y una línea de acidez bien prolongada y equilibrada. Define frescura y matiza unos taninos maduros y suaves, con buena seña de persistencia. La retronasal me habla de memorias a cerezas y grosellas, guiño cítrico de flor de naranjo, lavanda y flores secas, homenaje a boudoir femenino de época, sándalo y clavo, finalizando con sensaciones minerales y una estupenda clave de sapidez.
Buena y divertida complejidad con la fruta madre susurrándonos al oído su efectista presencia.

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