Bodegas Fernández Eguíluz Peña La Rosa MC 2015.
Puntuación El Alma del Vino : 18’50/20.
Una añada más de este referente actual de los vinos de maceración carbónica de la denominación de origen Rioja, esas explosiones de fruta en la copa que tanto me hacen disfrutar y que admiro sin condiciones. Es curioso que estos vinos sean en la actualidad los grandes desconocidos del mercado externo a Rioja, cuando palpitan, emocionan y llenan de sensaciones de un modo efectista y lleno de vigor. Uvas de tempranillo fermentadas con el mosto de su interior, granos fermentados en una atmósfera de dióxido de carbono antes de ser prensadas.
Y de nuevo la lozana regularidad de Peña La Rosa, esa locuaz y divertida capacidad de impresionar el paladar, esa colosal ducha de fruta fresca que describe y homenajea el método más tradicional y legendario que en tierras de Rioja se usó para elaborar vinos de consumo propio, vinos de casa, esos vinos por los que desde tiempo inmemorial la denominación de los siete valles tiene poso, empaque y un presente enfocando al futuro y bañado por el pasado.
Quise catar esta añada 2015 de la maceración carbónica de Fernández Eguíluz, en el Hotel Arrope de Haro, y para la ocasión decidí usar como pareja de baile una tapa de jamón ibérico, bañada por un sabroso aire de aceite de oliva virgen extra.
Pero, la cata siempre antes, como mandan los cánones.
En copa parada un cromatismo revelador, apicotado intenso con reflejos violáceos, nariz que envía nostalgias de fruta roja y negra en sazón, menos testigos florales que en la edición de cosecha 2014, con un perímetro balsámico bien delineado que prolonga el perfume.
No debe perdirse mucho más en la fragancia de una maceración, esos gestos sabrosos en los que la fruta parece cobrar vida de nuevo, con una estupenda exaltación de la tempranillo.
Boca que arranca con intensidad, con los ritmos frutales y florales que juegan a rojo y violeta, en una danza que enamora al paladar y que hace que el catador, el bebedor, pida una segunda copa.
Buena prolongación, rotunda llegada al final, con los téstigos de la fase retronasal hablando de cerezas y moras, fresas de mata, algunos pétalos de rosas rojas y violetas y el adorable descriptor balsámico de regaliz.
Y de nuevo la lozana regularidad de Peña La Rosa, esa locuaz y divertida capacidad de impresionar el paladar, esa colosal ducha de fruta fresca que describe y homenajea el método más tradicional y legendario que en tierras de Rioja se usó para elaborar vinos de consumo propio, vinos de casa, esos vinos por los que desde tiempo inmemorial la denominación de los siete valles tiene poso, empaque y un presente enfocando al futuro y bañado por el pasado.
Quise catar esta añada 2015 de la maceración carbónica de Fernández Eguíluz, en el Hotel Arrope de Haro, y para la ocasión decidí usar como pareja de baile una tapa de jamón ibérico, bañada por un sabroso aire de aceite de oliva virgen extra.
Pero, la cata siempre antes, como mandan los cánones.
En copa parada un cromatismo revelador, apicotado intenso con reflejos violáceos, nariz que envía nostalgias de fruta roja y negra en sazón, menos testigos florales que en la edición de cosecha 2014, con un perímetro balsámico bien delineado que prolonga el perfume.
No debe perdirse mucho más en la fragancia de una maceración, esos gestos sabrosos en los que la fruta parece cobrar vida de nuevo, con una estupenda exaltación de la tempranillo.
Boca que arranca con intensidad, con los ritmos frutales y florales que juegan a rojo y violeta, en una danza que enamora al paladar y que hace que el catador, el bebedor, pida una segunda copa.
Buena prolongación, rotunda llegada al final, con los téstigos de la fase retronasal hablando de cerezas y moras, fresas de mata, algunos pétalos de rosas rojas y violetas y el adorable descriptor balsámico de regaliz.

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