Château Belair Dubois-Challon 1982.
Puntuación El Alma del Vino : 17/20.
Catar en compañía de Basilio Izquierdo vinos como el presente es motivo de aprendizaje. No en vano al elaborador manchego afincado en La Rioja, Burdeos le ha dado mayor reconocimiento que sus compatriotas riojanos y españoles, algo que por desgracia para nuestra identidad, no es de extrañar, porque aquello de nadie es profeta en su tierra, en lo que a España se refiere es un lema de pendón y escudo de armas. Y el descorche de un vino tinto de Saint-Emilion,representa siempre a priori, máxime cuando estamos delante de una antigua añada, un acontecimiento.
Jean Dubois-Challon era, como bien dice la etiqueta en la botella, la propietaria de la bodega cuando se elaboró este vino, dominio localizado en la Côte, legendaria ladera de Saint-Emilion, desde donde se puede gozar de unas estupendas vistas del valle del Dordogne. Bodega vecina de la afamada Château Ausone, los Dubois-Challon la mantienen en el patrimonio familiar desde comienzos del siglo veinte, con poco más de doce hectáreas de terreno con diversidad de suelos, aunque siendo predominante la composición caliza. Sin embargo, la última representante de la familia, Helyett, fallece en 2003 y deja el legado a Pascal Delbeck, que durante años se había ocupado de las labores de enología. Este no puede hacerse cargo de la herencia y decide vender la propiedad a Jean Pierre Moueix. El viñedo tiene una exposición cardinal sur y este, estando presente la casta merlot en un sesenta porcentual, con el resto dedicado a la cabernet franc. Un emplazamiento privilegiado y una antigua añada surgida de él, hoy en día ya inexistente con ese nombre, aunque afirmada por Jean Pierre Moueix que la convirtió en Château Belair-Monange, incrementando entre otras cosas la cantidad de viñas de merlot en detrimento de la cabernet franc.
¿Cómo progresa un vino así con el paso del tiempo, guardado con la responsable diligencia que sabemos tiene Basilio Izquierdo?. Pues no mal del todo, sin duda. Le presupongo una elaboración tradicional, con una maduración en roble francés de entre dieciséis y dieciocho meses, muy racional. Aunque como bien dice mi buen amigo y maestro Juancho Asenjo, lo de la elaboración y sus tiempos nos debe preocupar más bien poco, antes bien lo relevante es el estado del vino y las influencias que en el campo tuvieron las viñas y las uvas en aquel momento. Ya los criterios de cada enólogo son libro de mesilla en los que aquellos que catamos y escribimos no debemos intervenir.
En copa parada, tras descorche y primer servicio, muestra un buen cromatismo, vivo aún, sin oxidaciones acreditables, tonalidades grana y algún insinuante rubí, limpio, deslizando en la cercanía aromática nostalgias de frutos negros y arropes, gestos de compota, con cueros y hoja de tabaco, ahumados y algunos balsámicos intrépidos, terroso y especiado, hay memorias de frutos secos y caramelo. Buena y equilibrada complejidad, la fruta se mantiene, eso sí, con las características descriptivas lógicas por el paso del tiempo.
Arranque en boca suave, bien integrada y conservada la acidez, hay calidez y frescura por partes iguales, sedoso y pleno, largo y aún rollizo. Taninos maduros y golosos, buena seña de persistencia, volumen acreditado. La retronasal esboza recuerdos de ciruelas negras y compota, añade balsámicos y terciarios bien planteados, no hay oxidaciones ó evoluciones exageradas, tostados, ahumados, cremosos y terrosos, con una punta final que memora caramelo.
Un auténtico lujo catar vinos de antiguas añadas, reservados en un plácido rincón, esperando el día ideal para salir al mundo de los vivos y ser admirados. Buen momento de consumo para quienes gozan con los vinos de guarda.

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